Aldo Berardi. Su fallecimiento


Aviador de pura cepa, uno de los pilotos más reconocidos de la Argentina. Sobrevoló la
Cordillera de los Andes desde el Polo Sur hasta el Golfo de Venezuela
donde termina. En el medio hay algunas aventuras. Custodio de la Historia de la Aviacion Argentina,
Socio Fundador de la EAA-Argentina.
Este reportaje fue publicadao en www.gente.com.ar y lo transcribo a modo de reseña y homenaje.
Aldo Berardi es carpintero aeronáutico, piloto y se dedica al aeromodelismo. Además, lo nombraron secretario del Instituto Newberiano,
que rescata la historia del oficio. Durante 60 años voló sobre la
Cordillera de los Andes, desde donde nace, en el Polo Sur, hasta donde
termina, en el golfo de Venezuela. Estas son algunas de sus peripecias
aéreas.

–¿Por qué decidiste ser piloto?
–Tuve un montón de oficios en los que me fue bien, de hecho soy un
excelente cortador de camisas, pero donde terminaba de armar el molde,
dibujaba un avioncito. Cuando cumplí 17, hice mi primer curso de piloto
de planeadores en el Club de planeadores Albatros y me convertí en carpintero aeronáutico del club. Estuve ahí unos cuantos años y me enviaron a Mar del Plata.

–¿Allá tampoco volabas?
–No, estaba casado, tenía hijos chicos y me moría de hambre, así que
decidí hacerme piloto comercial. Trabajábamos a lo loco, porque en aquel
entonces el avión era el destape.

–¿Alguna vez tuviste un accidente?
–No, el accidente es una piña, sí tuve aterrizajes de emergencia. Porque
en aquel entonces uno salía y en cada vuelo tenía las manijas de bronce
puestas. Era 50 por ciento aventura y 50 por ciento técnica.

Me acuerdo que un martes 13 de julio a las 13 horas estábamos llevando
carne de Asunción a Lima, y en el medio de la Cordillera de los Andes,
un motor falló. Tuvimos que pararlo y poner el avión de perfil, pero nos
caíamos por falta de potencia. Con el otro comandante decidimos llegar,
si llegábamos, al salar de Atacama en Chile.

Abrimos todas las salidas de emergencia, agarramos todos los matafuegos,
destrabamos la puerta de salida, le dimos un hacha al mecánico y le
pedimos que estuviera atento. Si se prendía fuego, tenía que entrar a la
cabina para tratar de salvarnos. Entonces él se tuvo que quedar en la
parte de atrás sólo y creo que fue el que más sufrió. Porque nosotros
veíamos lo que estábamos haciendo, él no.

Pudimos aterrizar justito. Lo metimos de panza, con las ruedas adentro
porque si se clavan en el suelo el avión puede darse vuelta e
incendiarse. Hicimos un toque fantástico hasta que las hélices del avión
se incrustaron en el salitre.

Recuerdo la sensación de que el avión no se paraba nunca. Creíamos que
había recorrido cinco kilómetros y después, cuando nos ayudaron los
chilenos, habían sido 172 metros nada más. Era el miedo.

–¿Qué pasó después del aterrizaje?
–Había que ver qué hacer con los 6.500 kilos de carne que llevábamos.
Está bien, a la compañía le pagaba el seguro, pero la carga seguía ahí.
Entonces descubrimos lo que es el hambre. Porque en cuanto tocamos
suelo, como buenos argentinos, hicimos un asadito. Y de repente,
empezamos a ver como hormiguitas que venían caminando, cuando se
acercaron era un matrimonio de ancianos. Él tendría 20 años y ella 15,
pero estaban arrugados, desdentados; y tenían unos nenitos diminutos.
Cuando vieron el humito del asado vinieron corriendo. “Súbanse al avión y agarren lo que quieran” les dije. Entonces el mecánico les dio unas brasas, ellos ahumaron la carne y se la comían cruda, del hambre nomás.

–¿Y qué hicieron con los otros miles de kilos?
–Hablé con mi comandante y decidimos levantar un acta asegurando que se
iba a quemar la carne para evitar epidemias. Hablé con el cura del
pueblo y enseguida empezó a hacer sonar la campana. Vino gente de todos
los pueblos y cada uno se llevó lo que pudo.

–¿Cuánto tiempo estuvieron allá?
–Cuatro o cinco días. Y mientras tanto en Buenos Aires los diarios
habían anunciado que nos habíamos muerto. Así que las familias estaban
desesperadas. Por suerte en un pueblo pegado al salar encontramos un
radio aficionado. Le avisó a todos los demás que estábamos bien.

–Cuando volvieron a Buenos Aires: ¿cómo los recibieron?
–Terrible, llegamos y estaban sólo los familiares, los de la compañía ni
se gastaron. Pero eso sí, la policía nos tuvo 24 horas detenidos por
una denuncia de contrabando.

–¿Por qué?
–Por aquel entonces se asumía que los vuelos que venían del norte, y más
el nuestro que era Paraguay-Lima, contrabandeaban mercadería. Cuando
aterrizamos tuvimos que ir a declarar. Menos mal que soy un fanático de
los papeles y tenía todos los despachos firmados por la aduana,
ratificando que llevábamos 6.500 kilos de carne. Igual estuvimos
demorados 24 horas.

–¿Seguiste trabajando en esa compañía?
–Sí y tuve un encargo que no le deseo a nadie. Estuve seis meses volando
de Mendoza a Santiago de Chile llevando carne tres veces al día. En esa
ocasión hice echar a un comandante que había sido un capo en la
aviación de marina.

–¿Cómo fue?
–Nos metimos en la Cordillera con una tormenta espantosa, yo no quería
salir pero el comandante era él. Con el mecánico abordo veíamos las alas
cargadas de hielo, que se aplastaban. Y yo no quería morirme, así que
lo miré al mecánico, él me miró a mí con un miedo terrible y dije: “Señor, aunque usted no se quiera volver yo voy a agarrar el mando y voy a Mendoza”. Cuando llegamos resultó que Chile tenía cerrado el aeropuerto por mal tiempo.

Pedí el relevo y a los tres días fuimos a buscarlo al aeropuerto. Vino y
era el mismo piloto con el que estuvimos en el salar, como mi hermano.
Saludó a todos y yo tenía mi valija. Pero cuando avisan que ya sale el
avión de vuelta digo: ”Déme el pasaje que me voy”. “No usted se queda, el que se va es el comandante”.

–Ahora contame un poco de tu vida en el aeromodelismo.

–Este avión lo hice en 1949. Gané siete concursos
seguidos, uno en Chile, otro en Uruguay y otros en el interior del país.
Después dejé por un tiempo por el vuelo y en el ’88, fui al campeonato
nacional de aeromodelismo en Córdoba y saqué el primer premio. Hasta
hace unos años lo hacía volar, pero después me pidieron que no me
presentara más porque siempre ganaba. Lo tengo como reliquia.

¿Cómo aprendiste?
–Sólo, porque no había escuela para esto, era la voluntad de hacer.