Explicaciones simples, sistemas complejos

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Un nuevo estudio explora por qué las personas suelen preferir explicaciones simples, incluso cuando las explicaciones más complejas podrían ser más precisas. Los investigadores analizaron cómo opera la Navaja de Ockham (también conocida como la ley de parsimonia), el principio que sugiere que: “Pluralitas non est ponenda sine necessitate”, es decir: entre múltiples explicaciones, la más simple suele ser la mejor, dentro del razonamiento humano cotidiano.

Era de los más grandes filósofos de la Europa medieval, se llamaba William y como nació en la pequeña aldea de Ockham, en el sur de Inglaterra, pasó a la historia como William de Ockham. Su idea era que los argumentos filosóficos deben mantenerse lo más simples posible, una navaja filosófica es un atajo mental que puede ayudar a llegar a mejores explicaciones de un fenómeno al descartar hipótesis innecesariamente complejas o poco probables. Él mismo practicó severamente con sus teorías y las de sus predecesores: Hitchens, “Aquello que se afirma sin evidencia se puede rechazar sin evidencia”, o la de Hanlon, “Nunca atribuyas a la malicia aquello que puede ser explicado adecuadamente por la estupidez”.

Siglos después, cuando ya había sido aplicado por varias mentes brillantes, a esa idea se le daría el nombre de la navaja de Ockham u Occam.

Los resultados revelan que la gente prefiere explicaciones simples no solo porque parezcan más probables o más fáciles de entender, sino también porque consideran que estas capturan mejor lo que realmente “importa” en un evento. Esta percepción tiene profundas implicancias para la forma en que razonamos, tomamos decisiones y procesamos la información

La historia más simple puede ser cognitivamente eficiente, pero operativamente peligroso.

La Simplicidad Contra el Pensamiento Sistémico

Durante mucho tiempo, se pensó que la simplicidad servía como un atajo que, aunque no garantiza la verdad, suele acercarse bastante. En otras palabras, al elegir la explicación más simple, aumentaríamos nuestras chances de estar en lo cierto, o al menos de evitar errores graves. Desde esta perspectiva, la simplicidad se justificaría por razones prácticas: reduce la carga cognitiva, mejora la comunicabilidad y suele correlacionar con la verdad.

Esta intuición se alinea con la forma en que usamos las explicaciones en la vida diaria: no solo para entender, sino para dar sentido, comunicar, asignar responsabilidad y tomar decisiones. Desde esta mirada, la simplicidad puede verse como una señal de que una explicación está enfocada en los factores causalmente más relevantes, dejando de lado el “ruido”.

Siempre se nos enseñó que cuando se trata de explicaciones, menos es más. Pero, ¿por qué tenemos esa intuición?

Un nuevo estudio realizado por Thalia Wheatley Vrantsidis (Dartmouth College) y Tania Lombrozo (Princeton University), publicado en la revista Trends in Cognitive Sciences, intenta responder esta pregunta. El trabajo investiga por qué, tanto en la vida cotidiana como en la ciencia, tendemos a preferir explicaciones simples, incluso cuando hay disponibles explicaciones más complejas y, potencialmente, más precisas.

Este sesgo, (siempre están), hacia lo simple no es nuevo. Ya en el siglo XIV, el filósofo Guillermo de Ockham propuso lo que hoy conocemos como la Navaja de Ockham: la idea de que, frente a múltiples hipótesis, la más simple suele ser preferible. Pero aunque este principio se utiliza habitualmente en contextos científicos, lo cierto es que también lo aplicamos de manera intuitiva en la vida cotidiana.

Lo interesante del estudio de Vrantsidis y Lombrozo es que va más allá de lo obvio. Hasta ahora, se pensaba que preferimos explicaciones simples porque son más fáciles de entender, más probables o cognitivamente menos costosas. Pero esta investigación sugiere algo más profundo, que consideramos que las explicaciones simples son mejores porque creemos que capturan lo esencial de una situación, que nos dicen lo que realmente importa.

Desde esta perspectiva, la simplicidad no es solo una cuestión de forma, sino de significado.

Qué implica que algo sea “simple”

La simplicidad puede presentarse de muchas maneras: menos causas, menos suposiciones, estructuras más limpias. Por ejemplo, si estoy en una casa y escucho un ruido en el techo durante la noche, probablemente voy a asumir que es el viento antes de pensar que se trata de una combinación de viento, algún pájaro y una rama cayendo al mismo tiempo. ¿Por qué? Porque la primera explicación no solo es más fácil de entender, sino que también me parece más adecuada.

Pero el estudio revela que esa adecuación no es únicamente una cuestión de probabilidad: la gente cree que la explicación más simple refleja mejor qué fue lo verdaderamente importante para que ocurriera el evento.

Un enfoque experimental

Para explorar esta intuición, los investigadores diseñaron una serie de experimentos en los que los participantes debían elegir entre explicaciones simples o complejas para distintos eventos. Por ejemplo: ¿por qué un equipo de fútbol ganó un partido? ¿Por qué una persona enfermó?

Los resultados mostraron que las personas tienden a elegir la explicación más simple, incluso cuando se les informa que la más compleja es objetivamente más probable. La simplicidad ganaba porque, según los participantes, “iba al grano”, “capturaba la esencia del evento” o “resaltaba la causa más importante”.

Simplicidad e intencionalidad

Otro hallazgo clave es que solemos asociar las explicaciones simples con una mayor intencionalidad; es decir, tendemos a pensar que alguien o algo hizo que eso ocurriera de forma deliberada. Por ejemplo, si un piloto logra un aterrizaje de emergencia exitoso, la explicación simple podría ser: “porque es un gran piloto”. En cambio, una explicación más compleja tomaría en cuenta múltiples factores, como el entrenamiento, la meteorología, el tipo de aeronave, la coordinación, entre otros.

Sin embargo, la primera nos resulta más “satisfactoria”, porque parece resaltar lo central: la habilidad del piloto.

El problema aparece cuando el entorno que intentamos explicar no es simple.

En aviación, como en cualquier sistema sociotécnico, los eventos no son lineales ni monocausales. Un mismo desenlace puede emerger de la interacción simultánea de factores humanos, tecnológicos, procedimentales y organizacionales. Pero nuestro cerebro, condicionado por años de evolución en entornos de baja complejidad, sigue buscando la causa:

Singular.
Clara.
Simple.

Y así, nos encontramos con explicaciones tipo:

  • “El piloto se distrajo.”
  • “El mecánico no siguió el procedimiento.”
  • “El controlador no avisó a tiempo.”
 

Frases que, si bien pueden contener algo de verdad, ocultan el sistema detrás del síntoma.

A diferencia del razonamiento causal lineal, el pensamiento sistémico se basa en una premisa incómoda: nada ocurre por una sola razón.

En vez de buscar un culpable o una falla puntual, el enfoque sistémico intenta mapear la red de relaciones que permitió que el evento ocurriera. Esto implica analizar:

  • Bucles de retroalimentación
  • Acoplamientos débiles y fuertes
  • Cargas cognitivas acumuladas
  • Fallas latentes en el sistema
  • Interacciones no lineales entre factores operativos y organizacionales
 

Es decir, lo que desde afuera parece “una decisión equivocada del piloto”, desde adentro puede revelar una trama de limitaciones estructurales, señales contradictorias, y defensas erosionadas por la presión operativa.

El pensamiento sistémico exige resistencia al cierre cognitivo, tolerancia a la ambigüedad y una capacidad activa para construir modelos mentales complejos. Justo lo opuesto a lo que nuestra mente tiende a hacer por defecto.

Cuando lo simple cuenta “mejor la historia”

Una explicación simple tiene algo que una compleja no tiene: narrativa clara. Nos gusta contar historias con protagonistas, causas claras y desenlaces lógicos. Nos cuesta aceptar la idea de una cadena causal difusa, distribuida, sin héroes ni villanos, (tan necesarios a la hora de un accidente).

Esto representa un desafío enorme en el ámbito de la seguridad operacional. Una explicación sistémica es más precisa, pero menos intuitiva. Por ejemplo:

En vez de redactar “el comandante cometió un error de juicio”, podríamos escribir “el diseño del sistema no brindó feedback adecuado en tiempo real, y la presión implícita por cumplir la programación erosionó la capacidad de rechazar la aproximación a tiempo”.

Es una oración más larga, más difícil de transmitir. Pero también es la que abre la puerta a una mejora real.

La simplicidad, entonces, no solo opera como atajo cognitivo, sino también como arma narrativa. Cuanto más simple sea la explicación, más convincente será para quienes quieren cerrar el caso rápido. Pero si hacemos eso, estamos sacrificando comprensión profunda en nombre de eficiencia comunicacional.

El precio de ignorar la complejidad

He leído investigaciones cerradas con explicaciones tipo “error humano”. He leído informes que señalan “falta de conciencia situacional” sin analizar cómo se construye (o destruye) esa conciencia en un entorno saturado de tareas, bajo carga mental elevada y con interfaz poco intuitiva.

Ignorar la complejidad no es solo una limitación metodológica: es una amenaza a la seguridad futura. Porque si no entendemos cómo el sistema permitió que ocurriera el evento, no vamos a poder rediseñarlo.

Es más fácil culpar a una persona que rediseñar una estructura.

Pero esa facilidad nos cuesta cara.

Epílogo

Lo simple nos atrae. Nos da la sensación de que entendemos, de que controlamos, de que hay orden en el caos.
Para promover una cultura de seguridad robusta, tenemos que entrenarnos para detectar cuándo la simplicidad es aliada… y cuándo es enemiga. La Navaja de Ockham puede ser útil en contextos de baja complejidad. Pero cuando operamos dentro de sistemas dinámicos, acoplados, cargados de variables interdependientes como es la aviación, debemos aprender a desconfiar de las explicaciones demasiado elegantes y breves.

El pensamiento sistémico no es natural. Se entrena. Se cultiva. Requiere lenguaje técnico, marcos conceptuales robustos, y una comunidad dispuesta al pensamiento incómodo. Pero es el único camino para comprender lo que realmente ocurre cuando las cosas salen mal, o casi mal.

Y si queremos evitar repetir los errores del pasado, tenemos que renunciar a la historia simple y abrazar la complejidad incómoda.

Hasta la próxima