El arte de pensar y decidir en vuelo

En una cabina cada vez más dominada por pantallas, alertas y datos en tiempo real, la navegación manual parece un vestigio de otra época, digno de Indiana Jones, en busca del arca perdida. Sin embargo, detrás de ese “modo analógico” se esconde mucho más que nostalgia: es una disciplina que entrena el cerebro, fortalece habilidades esenciales y refuerza la autonomía del piloto. Volar sin GPS, algunas veces, no solo es una medida de respaldo ante fallas tecnológicas, sino una oportunidad para mantener en forma la memoria espacial, la atención y la capacidad de anticipar, elementos que constituyen la base misma de la conciencia situacional. Refinar tus habilidades de navegación visual y estima no solo mejora tu vuelo: fortalece tu cerebro y tu conciencia situacional. Puntos clave: La dependencia excesiva del GPS puede debilitar habilidades cognitivas y operativas esenciales, como la navegación por estima y el pilotaje visual. Planificar y calcular manualmente activa redes cerebrales asociadas con la memoria espacial, la atención sostenida y la flexibilidad cognitiva. La creación de un modelo mental claro del vuelo mejora la conciencia situacional y la capacidad de anticipar, un pilar donde se apoya la seguridad operacional. Volar sin asistencia digital fortalece la autonomía del piloto y lo prepara para gestionar imprevistos tecnológicos. ¿Herramientas o muletas? Hoy, con dispositivos que nos dan la posición exacta, la meteorología en tiempo real, es fácil dejar de lado el pilotaje visual y la navegación por estima. El problema no es la tecnología, sino la pérdida de hábito: muchos pilotos nuevos en su etapa de formación (y no tan nuevos) rara vez utilizan la línea de visión y la lógica de navegación sin depender de la línea magenta en pantalla. Con los aportes de la neurociencia, sabemos que estas funciones dependen de redes neuronales específicas que se fortalecen con el uso repetido y se atrofian con la inactividad. El hipocampo, por ejemplo, es fundamental para la memoria espacial y la creación de mapas mentales del entorno, mientras que la corteza prefrontal orquesta la planificación, la evaluación de riesgos y la toma de decisiones rápidas. La práctica constante de cálculos manuales, estimaciones y validaciones visuales activa estas áreas, favoreciendo la neuroplasticidad y optimizando la velocidad de procesamiento de la información. En términos simples, cada vez que un piloto traza un rumbo sin ayuda digital, estás fortaleciendo tu capacidad de navegar en entornos complejos e inciertos, una habilidad que puede marcar la diferencia en situaciones críticas. Un gimnasio mental Extender la carta visual sobre la mesa y empezar a trazar un plan de vuelo es más que un acto romántico: es un entrenamiento cerebral.Medir rumbos con un plotter y calcular ángulos de corrección por viento, implica activar áreas como el hipocampo (memoria espacial), la corteza parietal (percepción y cálculo), y la corteza prefrontal (planificación y toma de decisiones). Cada cálculo mental y cada estimación fortalecen la capacidad de anticipar y proyectar escenarios, algo que la tecnología a menudo nos da resuelto, pero que nos evita ejercitar. Igual que un músculo, la mente necesita repetición para mantenerse en forma. En una carta, las ciudades y ríos cobran vida, los puntos de referencia visuales y las frecuencias de radio saltan a la vista, y tu cerebro empieza a construir un mapa mental. Cuando era alumno piloto, halla lejos y hace tiempo, nos orientábamos con los techos de las estaciones de ferrocarril. Estas tenían pintado el nombre de la localidad, ahí podía comprobar si estaba en el lugar que tenía que estar, otra época, ni mejor ni peor. En neurociencia se habla de modelos mentales (mapa mental), representaciones internas que el cerebro crea para predecir lo que viene. En vuelo, un buen modelo mental te permite “volar adelantado”: saber qué referencia visual debería aparecer, en qué momento, y cómo debería verse. Este proceso alimenta la conciencia situacional y reduce la carga cognitiva porque, cuando lo esperado coincide con lo observado, el cerebro opera con eficiencia; y cuando no coincide, emite una alerta que activa la atención y la capacidad de respuesta. Más que saber dónde estás La navegación manual no es un ejercicio de nostalgia; es un mecanismo para entrenar la conciencia situacional en sus tres niveles: Percepción – Detectar elementos relevantes del entorno (tráfico, clima, terreno). Comprensión – Integrar esa información en un contexto operativo. Proyección – Anticipar lo que sucederá en el futuro inmediato. Desde la perspectiva de factores humanos, la conciencia situacional no solo depende de la tecnología, sino de la capacidad cognitiva del piloto para procesar, integrar y proyectar. El GPS puede mostrar la posición, pero no construye el modelo mental ni predice por sí mismo los riesgos emergentes. Ralentizar para procesar mejor Simular un fallo de GPS en entrenamiento obliga a “bajar una marcha” y reconectar con la navegación básica.Esto no solo es útil en términos operativos; también favorece la atención plena y la activación de redes neuronales que trabajan mejor cuando no se opera en piloto automático (mental). La neurociencia ha demostrado que las tareas que requieren observación activa y memoria espacial fortalecen la plasticidad neuronal. Volar sin GPS invita a mirar más allá de los instrumentos: leer el terreno, anticipar puntos de referencia y validar constantemente tu posición. En otras palabras, convertirte en el sistema de navegación.La clave no es renunciar a la tecnología, sino mantener vivos los fundamentos. Planificar un vuelo en papel, calcular, memorizar y validar en ruta es un acto de autonomía operativa y de entrenamiento cognitivo. La próxima vez, probá: cuando una referencia visual aparezca exactamente en el momento y lugar que habías previsto, confirmarás que tu cerebro, tus habilidades y tu airmanship siguen afinados. El airmanship no es solo la aplicación de conocimientos y destrezas, sino la integración dinámica de varios factores: el estado de alerta y conciencia de cada tripulante, las capacidades y coordinación de toda la tripulación, la condición de la aeronave y sus sistemas, la lectura del entorno operacional y la evaluación de los riesgos asociados. Esta integración continua es la que entrena, día a día, la capacidad

Seguridad y salud mental

Durante décadas, hablar de salud mental en la aviación fue un tabú en muchos ámbitos, (en otros lo sigue siendo) aunque los datos no dejan lugar a dudas. Hoy ese silencio empieza a desvanecerse: la industria debe saldar una deuda largamente postergada e integrar la salud mental en el corazón de la seguridad operacional. El informe Charting a New Course for Mental Health in Aviation, publicado por la Flight Safety Foundation en noviembre de 2024, documenta que 12,6 % de las y los pilotos de aerolínea presentan síntomas compatibles con depresión clínica y 4,1 % han tenido ideas suicidas. (Cifras que provienen del Harvard T.H. Chan School of Public Health (estudio 2016) citado en el white‑paper FSF). Estos porcentajes no son números fríos: representan a profesionales que toman decisiones críticas a 38.000 pies de altura. Síntoma / Prevalencia Factores de Riesgo Barreras / Soluciones Depresión12,6% • Fatiga crónica• Presión laboral• Estigmatización • Evaluaciones periódicas• Entornos de confianza («safe haven») Ideación suicida4,1% • Aislamiento• Inseguridad laboral• Miedo a perder la habilitación • Programas peer-support• Cultura de cuidado y detección temprana Burnout≈ 40% • Rosters irregulares• Falta de recuperación• Sobrecarga operacional • Rediseño de turnos• Apoyo organizacional sostenido Las causas son múltiples y bien conocidas por quienes habitan el ecosistema aeronáutico: jornadas irregulares, alta responsabilidad, separación familiar, fatiga acumulada, incertidumbre laboral. La pandemia profundizó estas tensiones, dejando una estela de agotamiento emocional que resulta difícil de revertir sin un abordaje sistémico. Uno de los factores más corrosivos para el bienestar psicológico en este entorno es el miedo. Miedo a perder la habilitación por declarar una dolencia emocional. Miedo a que un episodio transitorio derive en una etiqueta definitiva. Miedo a ser estigmatizado por buscar ayuda.   Ese temor, profundamente arraigado en la cultura organizacional, alimenta un silencio que no solo daña al individuo, sino que también compromete la seguridad de las operaciones. Brain Balance (El equilibrio cerebral) En esta línea, es necesario analizar un modelo que nos acerque a un verdadero Brain Balance. Se basa en que la salud y el rendimiento del cerebro son una función de la medida en que el ser humano ejercita la alternancia y el equilibrio entre diez actividades esenciales para el cerebro: dormir y ejercitarse, focalizar y desconectarse, conectar y reflexionar, jugar y tener rutinas, nutrirse y ayunar. Estas actividades actúan como ejes opuestos pero complementarios, y su adecuada integración permite mantener un estado cerebral bueno. Este balance no solo mejora el rendimiento, sino que protege contra el agotamiento mental y emocional crónico, algo muy relevante en entornos de alta exigencia como el nuestro. Sabemos que la salud mental no es un estado abstracto, sino una función concreta del equilibrio entre la activación y la recuperación del cuerpo y del cerebro. No dormir lo suficiente, no moverse, no desconectarse, no reflexionar, no alimentarse bien… todo ello tiene un costo neurofisiológico directo: deteriora la toma de decisiones, el juicio, la atención sostenida y la capacidad de autorregulación emocional. Pero alcanzar este equilibrio no es una tarea sencilla y lleva mucho trabajo personal. La vida cotidiana conspira permanentemente en su contra. Abundan los gurúes que intentan convencernos de que si estamos mal es por nuestra culpa, porque “todo se trata de tener buenos pensamientos, buenas intenciones, abrazar un árbol”… chocolate por la noticia. La verdadera pregunta no es qué hacer, sino cómo hacerlo y sostenerlo en el tiempo.Porque basta con intentar eliminar un pensamiento negativo para que otros aparezcan en cascada. Pensamos que hay algo llamado pensamiento negativo y pensamiento positivo. Queremos eliminar los pensamientos negativos y tener solo pensamientos positivos. Bien, perfecto les pediría que experimenten durante 10 o 15 segundos, a la fuerza deben eliminar un pensamiento de su mente. Por ejemplo: los próximos diez segundos, solo no pienses en un mono. Trata de no pensar en un mono por los próximos 10 segundos. : “No pienses en un mono.”   Listo. Si pensaste en un mono, no estás solo. De hecho, casi todos lo hacemos.El experimento demuestra algo simple, pero poderoso: cuanto más intentamos evitar un pensamiento, más probable es que aparezca. Puedo afirmar, sin mucho margen de error, que el 98 % pensó en un mono. Por no decir el 100 %, lo cual sería presuntuoso. «No pienses en cosas malas». Bueno, desde entonces ha sido un trabajo de tiempo completo. Este simple ejercicio demuestra que cuanto más intentamos evitar un pensamiento no deseado, más fuerza toma. Si intentas suprimir un pensamiento negativo a puro esfuerzo, solo vas a terminar frustrado. No hay tres pedales en la mente como en el auto: embrague, freno y acelerador. Aquí hay solo acelerador, lo que sea que toques solo irás más rápido. No hay restas y divisiones en nuestra mente, solo hay adición y multiplicación. «Solo voy a eliminar pensamientos negativos y voy a tener pensamientos positivos». Te deseo lo mejor. No va a funcionar.  En lugar de luchar contra lo que pensamos, podemos redirigir la atención suavemente, cultivar entornos cerebrales más saludables y adoptar prácticas que (sin buscar un control directo) favorezcan el equilibrio. La meditación (que requiere esfuerzo y constancia), el movimiento, la risa, el juego o incluso un cambio en la rutina alimentaria pueden funcionar como palancas neurobiológicas. Si se sostienen en el tiempo, fortalecen la flexibilidad mental, esa capacidad de ir y venir sin quedar atrapados. Lleva trabajo. Es fundamental comprender que los pensamientos no son el problema en sí. El conflicto aparece cuando nos identificamos con ellos, cuando creemos que somos lo que pensamos. Si entendemos que el pensamiento es simplemente una actividad natural de la mente (como el latido lo es del corazón), dejamos de otorgarle un poder desmedido. En lugar de intentar eliminar los pensamientos incómodos, podemos aprender a observarlos como nubes que cruzan el cielo: no se trata de aferrarse, sino de dejarlos pasar. Esto requiere constancia, sí, pero también un cambio de perspectiva. No se trata de negar lo que ocurre en nuestro mundo interno, sino de relacionarnos con ello de otro modo: desde la presencia, el desapego, y una

La gran ilusión del cerebro: ¿Realmente vemos lo que creemos ver?

La percepción humana de la realidad está lejos de ser una reproducción fiel del entorno. Según revela un reciente artículo publicado en el New York Times, titulado “Neuroscience’s Great Brain Illusion», la ciencia moderna confirma que lo que experimentamos como “realidad” es, en gran medida, una construcción interna elaborada por el cerebro a partir de datos fragmentarios. La lectura de este artículo me llevó a escribir este artículo sobre cómo estos mecanismos perceptivos impactan en la seguridad del vuelo. Un sistema predictivo, no una cámara de video El cerebro humano no opera como una cámara de video que captura la realidad de forma objetiva. Funciona más bien como un simulador predictivo, generando hipótesis constantes sobre lo que ocurre alrededor. Se alimenta de experiencias pasadas, estímulos sensoriales incompletos y patrones aprendidos para construir una representación continua y coherente del entorno. Este modelo predictivo tiene una función esencial: garantizar la supervivencia. Si el cerebro tuviera que procesar en tiempo real cada uno de los estímulos que recibe, las reacciones ante una amenaza serían demasiado lentas para resultar efectivas. Por eso recurre a atajos cognitivos y, cuando la información es insuficiente, completa los vacíos con suposiciones. Concepto Operacional de Ilusión Visual Una ilusión visual es un error de interpretación sensorial, en el cual el sistema visual del piloto, bajo determinadas condiciones ambientales y operativas, suministra información errónea o incompleta al cerebro. Esto genera una percepción alterada de parámetros críticos como altitud, distancia, orientación, posición lateral o ángulo de descenso. La consecuencia directa es la ejecución de maniobras no intencionadas que pueden derivar en incidentes o accidentes.Se producen cuando la información visual que recibo entra en conflicto con lo que mi cuerpo y mi cerebro esperan interpretar. Aun en condiciones de vuelo VFR, con visibilidad aceptable, puedo estar expuesto a estas trampas perceptivas. No hace falta estar volando IFR ni en condiciones extremas para que me suceda. Este fenómeno no se limita a simples trucos visuales como las ilusiones ópticas que circulan por internet. Afecta decisiones críticas en campos donde la percepción precisa es clave, como la aviación. Las ilusiones visuales constituyen un factor crítico en la seguridad operacional, especialmente durante las fases de aproximación y aterrizaje. Se trata de errores de percepción que afectan la interpretación visual del piloto, generando desviaciones involuntarias en la trayectoria de vuelo o en el procedimiento de aterrizaje, aun bajo condiciones meteorológicas VMC. En el entorno aeronáutico, por ejemplo, son bien conocidas las ilusiones visuales que pueden ocurrir durante aproximaciones nocturnas o en condiciones de visibilidad reducida. Efectos como la ilusión de pendiente falsa o la ilusión de referencia visual inclinada son ejemplos concretos de cómo el cerebro interpreta erróneamente la información disponible, generando una percepción distorsionada de la altitud, la actitud o la trayectoria de vuelo. El cerebro llena los vacíos Los estudios citados por el artículo del NYT detallan experimentos donde los participantes percibieron formas, colores o movimientos que en realidad no existían, simplemente porque el cerebro esperaba verlos. Este mecanismo de predicción es tan eficiente que rara vez notamos sus errores. Sin embargo, en entornos críticos como la aviación, estos desajustes perceptivos pueden tener consecuencias graves. En este contexto, resulta inevitable recordar aquella línea de la canción “Canción para mi muerte” de Sui Generis: “La realidad es una foto en blanco y negro…”. La frase refleja de manera poética una verdad que hoy confirma la neurociencia: nuestra percepción del mundo rara vez contiene todos los matices y detalles que realmente existen. El cerebro, al igual que una imagen de baja resolución, completa lo que falta y rellena los vacíos según sus propios esquemas internos. Este fenómeno es especialmente crítico en la aviación, donde una interpretación incompleta o distorsionada del entorno puede derivar en decisiones peligrosas. Principales Tipos de Ilusiones Visuales Ilusión de Pendiente Falsa (False Horizon o Upslope/Downslope Illusion) Se produce cuando la pendiente de la pista o del terreno circundante genera una referencia visual engañosa respecto al horizonte natural. El piloto tiende a corregir erróneamente la actitud de vuelo, generando aproximaciones con ángulos no estabilizados. Ilusión de Superficie Blanca o de Bajo Contraste Ocurre cuando la pista está cubierta de nieve, agua o presenta un entorno de bajo contraste visual. La ausencia de referencias definidas deteriora la percepción de altura y distancia, aumentando el riesgo de aterrizajes fuera de la pista o con excesiva velocidad de descenso. Ilusión de «Black Hole» Se presenta durante aproximaciones nocturnas sobre áreas sin iluminación o terreno desprovisto de referencias visuales (agua, campo, desierto). El piloto tiende a percibir erróneamente que se encuentra a mayor altitud de la real, provocando aproximaciones por debajo de la senda óptima de planeo. Ilusión por Tamaño o Ancho de Pista Atípico Una pista más angosta que lo habitual puede inducir la sensación de estar alto en la aproximación, llevando a descender prematuramente. A la inversa, una pista más ancha puede generar la percepción de estar bajo, provocando una senda de aproximación innecesariamente elevada. La importancia de la verificación objetiva Una de las principales lecciones que surgen de este conocimiento neurocientífico es la necesidad de incorporar mecanismos que compensen las limitaciones de la percepción humana. En la aviación, esto se traduce en el uso riguroso de la instrumentación, la adherencia estricta a procedimientos operativos estandarizados (SOPs) y el entrenamiento recurrente en escenarios de baja visibilidad o pérdida de referencias visuales. El reconocimiento de estas ilusiones no debe generar desconfianza total en los sentidos, pero sí una actitud crítica y consciente de sus limitaciones. La mejora de la seguridad operacional dependen, en gran medida, de entender cómo y por qué el cerebro puede construir una versión distorsionada de la realidad. Frente a esta evidencia, la neurociencia ofrece una herramienta poderosa: comprender el funcionamiento del propio cerebro como paso clave para mitigar riesgos y mejorar la toma de decisiones en entornos complejos y de alta exigencia. La prevención y gestión efectiva de este tipo de ilusiones requieren una combinación de conciencia situacional, planificación previa y uso de procedimientos normalizados.  ¿Cómo mitigo este tipo de riesgos?

La memoria no es un archivo de hechos: neurociencia, memoria y pilotaje.

Como Borges escribe sobre Ireneo Funes (Borges, 2016), citando del latín ut nihil non iisdem verbis redderetur audítum, es decir, “para que nada se repitiera sin ser devuelto con las mismas palabras oídas”, mostrando que una memoria perfecta es más una prisión que un recurso útil. La memoria humana no es un simple archivo de hechos, sino una interpretación activa y maleable de experiencias. Recordar no es reproducir, sino reconstruir. Cada vez que evocamos una experiencia, la reinterpretamos, actualizamos y, a veces, distorsionamos. Esto es fundamental para la actividad del piloto, donde los recuerdos no son solo anécdotas del pasado, sino herramientas vivas que guían la toma de decisiones en tiempo real. Lejos de ser un mero depósito de informaciones, la memoria cumple una función prospectiva: no recordamos todo, sino aquello que nos permite anticipar y adaptarnos al futuro. El cerebro selecciona lo relevante, descarta lo trivial y moldea los recuerdos según su valor para la supervivencia. Olvidar, entonces, no es un defecto, sino una característica esencial que permite concentrarse en lo verdaderamente importante, dejando atrás detalles irrelevantes que saturarían la capacidad de nuestro cerebro. En este contexto resulta inevitable mencionar a Ireneo Funes, el memorioso, el célebre personaje creado por Jorge Luis Borges. Funes es capaz de recordar absolutamente todo, cada detalle, cada hoja, cada instante vivido, sin olvido alguno. Pero, lejos de ser una bendición, esta memoria total lo condena a la parálisis: es incapaz de generalizar, de pensar conceptualmente o de actuar con eficacia. Esta figura literaria ilustra magistralmente lo que la neurociencia ha confirmado: la memoria humana necesita seleccionar, olvidar y reconstruir para ser funcional. En la cabina de vuelo, al igual que en la vida, no necesitamos recordarlo todo, sino recordar lo relevante, adaptando lo pasado para anticipar el futuro. “Dos o tres veces había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero.” “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar. Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.” Borges, J. L. (2016). Ficciones. Editorial Sudamericana Las habilidades del piloto se construyen sobre distintas capas de memoria. La memoria episódica le permite viajar mentalmente al pasado, reviviendo situaciones concretas como un aterrizaje complicado o una falla inesperada. La memoria semántica, por otro lado, almacena conocimientos generales, como las reglas o procedimientos estándar. Y la memoria procedimental es la que automatiza hábitos y habilidades, permitiendo que muchas acciones se realicen sin esfuerzo consciente, liberando recursos atencionales para lo inesperado.La relación entre cuerpo y mente es esencial: no recordamos solo con el cerebro, sino con todo el organismo. Las sensaciones corporales, los marcadores somáticos que se activan ante ciertas situaciones, nos alertan de peligros, incluso antes de que tengamos tiempo de analizarlos racionalmente. Así, cuando un piloto siente en su interior que algo “no está bien”, está poniendo en juego no solo conocimientos conscientes, sino también recuerdos corporales que emergen de su experiencia acumulada. “Esos recuerdos no eran simples; cada imagen visual estaba ligada a sensaciones musculares, térmicas, etcétera. Podía reconstruir todos los sueños, todos los entre sueños” Borges, J. L. (2016). Ficciones. Editorial Sudamericana Cuando un piloto sufre un accidente o atraviesa una situación de estrés extremo en vuelo, los recuerdos que conserva de ese episodio están inevitablemente afectados por los mecanismos neurobiológicos que regulan la memoria traumática. Sabemos que los eventos cargados de alta intensidad emocional activan estructuras como la amígdala, que modula la codificación y consolidación de la memoria. Esto puede reforzar ciertos aspectos del recuerdo (como sensaciones físicas o emociones intensas) mientras deja borrosos otros (como secuencias precisas de acciones o detalles objetivos). Además, revivir mentalmente el evento durante entrevistas o investigaciones puede reactivar y modificar los recuerdos, incrementando el riesgo de distorsión. Esta plasticidad tiene implicaciones directas en la investigación de accidentes aéreos, ya que el testimonio del sobreviviente puede estar teñido tanto por lagunas, como por reconstrucciones involuntarias que no reflejan exactamente lo sucedido.Un aspecto clave en este proceso es el papel de las emociones y el llamado “marcador somático”, concepto desarrollado por Antonio Damasio. Las emociones no son simples acompañantes de los recuerdos, sino moduladores esenciales que influyen en qué retenemos, cómo lo recuperamos y cómo tomamos decisiones. Un marcador somático es una señal corporal (como una sensación de incomodidad, tensión, o bienestar) asociada a experiencias pasadas, que el cerebro utiliza como guía rápida para anticipar las consecuencias de una acción antes de tomar una decisión. Este marcador somático actúa como una especie de atajo emocional: integra las señales corporales asociadas a experiencias pasadas, orientando rápidamente nuestras elecciones sin necesidad de un análisis racional exhaustivo. Esto significa que muchas veces las sensaciones internas, una tensión en el cuerpo, un presentimiento, reflejan aprendizajes acumulados, ayudándoles a reaccionar con eficacia en situaciones críticas. Ignorar este componente emocional sería desconocer una de las herramientas más poderosas de adaptación que posee el ser humano en contextos de alta demanda cognitiva como la aviación. Por eso es importante que los procesos de investigación contemplen no solo los hechos técnicos, sino también la comprensión de los límites humanos en la reconstrucción de eventos. La interacción entre memoria traumática, sugestión y contexto emocional puede influir en menor o mayor medida la precisión de los relatos, y entender estos mecanismos es esencial para construir una narrativa precisa y justa de lo ocurrido. Es clave comprender, como explica Rodrigo Quian Quiroga en “Borges y la memoria: Un viaje por el cerebro humano. De “Funes el memorioso” a la neurona de Jennifer Aniston”, (Me parece que mis referencias tienen un sesgo marcadamente borgeano en esta oportunidad), que el cerebro no almacena recuerdos como si fueran fotografías completas. Cada imagen, cada escena que creemos recordar, es en realidad el resultado de una reconstrucción hecha a partir de la activación de redes neuronales específicas. Cada neurona no guarda una imagen entera, sino que responde a un fragmento, a

¿Quién tiene el mando? Inteligencia artificial y conciencia humana en la aviación.

Entre algoritmos y automatización, el piloto enfrenta un nuevo desafío: no perder el control, ni el criterio. No es magia. Tampoco es pensamiento. Mucho menos, conciencia. La inteligencia artificial (IA) es un conjunto de tecnologías desarrolladas para cumplir objetivos humanos definidos de antemano, procesando volúmenes masivos de datos para generar resultados específicos: contenido, predicciones, recomendaciones o decisiones. (OECD, 2019; UNESCO, 2021) La IA no piensa. No decide por sí sola. No interpreta valores éticos, al menos hasta ahora, aunque sus respuestas parezcan autónomas. Todo lo que hace está condicionado por lo que nosotros, los humanos, definimos, programamos o dejamos abierto. Por eso, en aviación, donde cada decisión tiene peso operacional, no alcanza con entender cómo se usa un sistema. Hay que saber por qué existe, qué problema busca resolver y qué nuevos riesgos introduce. Esa es la base para discutir su uso responsable, especialmente cuando toca la seguridad operacional. Hace unos días, La Nación publicó una nota titulada: “Por favor y gracias: tratar con cortesía a ChatGPT cuesta millones de dólares, pero vale la pena”. Sam Altman, CEO de OpenAI, reveló que una parte significativa de los costos operativos de su empresa se debe a algo tan humano como inesperado: las miles de personas que le escriben “gracias” y “por favor” a ChatGPT. No cambia nada en el modelo. No mejora las respuestas. Pero igual se procesa. Ese gesto mínimo, casi automático, tiene un costo de “decenas de millones de dólares”. Lo importante no es el gasto, sino lo que revela: seguimos proyectando humanidad sobre sistemas técnicos. Le agradecemos a la IA porque, en el fondo, necesitamos creer que hay alguien del otro lado. Una reacción casi antropológica, que muestra cómo, incluso en entornos hipertecnológicos, la comunicación sigue teniendo una carga emocional inevitable. La razón humana Como bien explicó Antonio Damasio, la razón humana no opera separada de la emoción. Decidimos con el cuerpo, con la memoria emocional, con estructuras afectivas profundas. El cerebro, diría él, no es una máquina lógica. Es un sistema biológico que siente, interpreta y reacciona en función de lo vivido. Por eso, cuando hablamos con una IA, nuestro sistema nervioso responde como si estuviéramos frente a otro ser consciente… aunque sepamos que no lo está. No es ingenuidad: es biología.   “No somos máquinas pensantes que sienten. Somos máquinas sentimentales que piensan.” Antonio Damasio, El error de Descartes (1994)   Somos seres sociales y simbólicos; construimos vínculos, incluso cuando no hay nadie allí. Y esa necesidad de vínculo puede volverse un riesgo si, en cabina o en sistemas críticos, confundimos reacción algorítmica con comprensión real. Recomiendo especialmente la lectura de El error de Descartes (Crítica, 1996). Este libro fundamental de Damasio introduce la idea revolucionaria de que la razón no está separada de la emoción, como sostenía el pensamiento cartesiano. Con evidencia neurocientífica, demuestra que sentir es esencial para decidir. También podes hacer el curso sobre seguridad operacional y neurociencia.Ideal para sustentar la tesis de que, aunque interactuemos con sistemas de IA, seguimos operando desde una base emocional ineludible. “El sentimiento no es un lujo. Es una pieza fundamental de la maquinaria de la razón.” Antonio Damasio, El error de Descartes (1994)   Señala Antonio Damasio, “el sentimiento no es un lujo; es una pieza fundamental de la maquinaria de la razón”. Incluso cuando operamos sistemas tecnológicos avanzados o nos relacionamos con una IA en cabina o en tierra, no dejamos de ser seres emocionales que interpretan el mundo con base en experiencias vividas. Decidir no es solo calcular: es sentir. Y por eso, cuando le decimos “gracias” a un sistema, no estamos actuando irracionalmente: estamos manifestando algo profundamente humano. Tecnología Siempre me intrigaron las promesas de la tecnología. Durante años, fuimos testigos de una transformación digital que al principio parecía imparable y repleta de oportunidades. Pero cuanto más avanzamos, más evidente se vuelve que la digitalización y la inteligencia artificial nos enfrentan a un dilema crítico: ¿Nos están ayudando a mejorar… o nos están quitando el control? Históricamente, el progreso tecnológico ha sido un acto de liberación. Desde la invención del fuego hasta el primer vuelo propulsado, buscamos superar nuestras limitaciones físicas. Lo hicimos con herramientas que extendieron nuestra fuerza, nuestro alcance, nuestra visión: la rueda, la palanca, el motor. Más tarde, intentamos hacer lo mismo con nuestras funciones cognitivas: el ábaco, la escritura, el cálculo, los primeros computadores, hasta llegar a la inteligencia artificial. Pero aquí aparece una paradoja: cuanto más intentamos replicar o sustituir nuestras capacidades cognitivas, más riesgo corremos de perder el control sobre aquello que creamos. La historia de la automatización en aviación está llena de buenas intenciones. “Dejemos que la máquina haga lo rutinario, así el piloto puede enfocarse en lo importante.” Claro, suena bien en el PowerPoint. Pero en la práctica, no siempre termina bien. Como advirtió Norbert Wiener, pionero de la cibernética: “Hemos modificado nuestro entorno de tal forma que ahora debemos modificarnos a nosotros mismos para sobrevivir en él.” La aviación es un caso testigo: la cabina moderna está diseñada con tal nivel de automatización que muchas veces el piloto queda relegado a supervisar procesos que no siempre comprende a fondo. ¿Dónde queda entonces la conciencia situacional? ¿Qué significa “estar al mando” si el mando se diluye entre líneas de código? Vivimos en la era de una fe desmesurada en que todo problema tiene una solución técnica, pulcra, libre de ambigüedades. Pero volar, como vivir, nunca fue una operación libre de ambigüedades. En cabina, los dilemas no siempre se resuelven con fórmulas. Se resuelven con juicio. Con intuición. Con experiencia. Es decir, con humanidad. Como escribió el filósofo Martin Heidegger, el mayor peligro de la técnica no es la máquina, sino que el ser humano se convierta en un simple medio dentro de un sistema que ya no comprende. (Heidegger advertía sobre la tendencia a transformar al ser humano en “recurso disponible” en contextos tecnificados, perdiendo su capacidad de decisión libre.) Las “Leyes” de Wiener Hace más de cuatro décadas, Earl L. Wiener, resumió en